Cómo ser el mentor de un perfeccionista

Nunca deja de sorprendernos. Plantee el tema del perfeccionismo en una sala llena de CEO corporativos, rectores universitarios o alféreces de la academia naval, y verá las mismas sonrisas y asentimientos. Más aún, escuchará una presunción tenuemente velada acerca de quién de entre ellos es el más perfecto de los perfeccionistas.

La errónea noción del “buen perfeccionismo” está tan extendida que muchas personas luchan para distinguir al perfeccionismo tóxico de las características positivas como el deseo de logros, el esfuerzo por la excelencia y el definir elevados estándares de desempeño personal.

Las investigaciones del sicólogo Thomas Greenspon indican que es un error el confundir la perfección con la lucha por la excelencia. La noción del buen perfeccionismo resulta ser un contrasentido inútil. Si los perfeccionistas son exitosos en el trabajo, es a pesar de su perfeccionismo, no debido a ello.

La ciencia sobre el perfeccionismo como síndrome de personalidad revela que consiste de dos elementos. Primero, los perfeccionistas definen estándares elevados –y claramente inalcanzables– para sí mismos. Los perfeccionistas son incansables en criticarse a ellos mismos por no lograr dichas barreras de desempeño.

En su búsqueda de evitar errores, los perfeccionistas reprimen su creatividad y evitan tomar riesgos necesarios. También tienen muchas mayores probabilidades de sufrir de síntomas de depresión, ansiedad, desesperanza e incluso pensamientos suicidas.

El perfeccionismo parece florecer a partir de una combinación de predisposiciones genéticas, comportamiento de los padres o factores socioculturales. El género también importa. No solo las mujeres son más tendientes a “heredar” el perfeccionismo de sus padres, sino que también encuentran una serie de prejuicios y estereotipos que pueden alimentar la necesidad de esforzarse por un desempeño inmaculado. Entre ellas, el prejuicio de demostrarlo otra vez podría ser el más pernicioso. Para ser vistas como igualmente competentes, a las mujeres suele requerírseles que demuestren su competencia en forma repetida. Los hombres tienen más probabilidades de ser evaluados con base en el potencial, mientras que las mujeres son evaluadas a partir del desempeño, y los estándares de desempeño tienden a ser estrictamente exigidos a las mujeres.

En organizaciones y profesiones históricamente masculinas, las mujeres son más vulnerables al síndrome del impostor. En esos contextos, incluso las más competentes y exitosas mujeres pueden albergar dudas con respecto a si pertenecen ahí. Dicho prejuicio de género internalizado, al conjuntarse con estereotipos laborales, puede crear una tormenta perfecta de autoduda, autocrítica y el establecimiento de estándares imposibles.

Un catálogo de ayuda

Es difícil ser mentor o instructor de los perfeccionistas. Nunca dejan que un mentor discierna áreas para el crecimiento y desarrollo. No hablan siquiera respecto a sus debilidades relativas y, por ende, la desesperada necesidad del perfeccionista para verse inmaculado podría sabotear el valor de la mentoría.

¿Qué debe hacer el mentor? He aquí estrategias para ayudar al pupilo a superar los efectos más insidiosos del perfeccionismo:

Deje su propio perfeccionismo en la puerta. Sea cuidadoso cerca del modelo que ofrece a los pupilos y entienda el riesgo de respaldar el perfeccionismo de alguno de ellos.

Enfoquese en la afirmación, la validación, el aliento y el respaldo. Exprese que valora en primer lugar a su pupilo y no al desempeño. Cuando se quede corto o considere que ha fallado, ayúdelo a cultivar un sentido de cuestionamiento y de toma de riesgos acerca de lo que salió mal y de diferentes enfoques para moverse hacia adelante.

Firme, pero amablemente, identifique los comportamientos y pensamientos perfeccionistas. Desafíe a su pupilo a reconocer y rechazar demandas irracionales.

Comparta algunos de sus propios errores. Muéstrele a su pupilo cómo usted aprendió de sus errores, cómo cada uno ha sido una oportunidad para el crecimiento y, lo más importante, cómo usted continúa aceptándose como un humano falible, que lucha por una excelencia imperfecta.

Nunca finja tener competencias de las que carezca. Suele ser útil decir, “no lo sé; averigüémoslo juntos,” dándole a su pupilo el permiso de no tener todas las respuestas.

Use el humor. El humor empático puede ser medicina para el alma atormentada. Por ejemplo, pruebe con una intervención paradójica para destacar en tono ligero la mentalidad catastrófica del pupilo: “Sí, si no te desempeñas impecablemente en la reunión de esta tarde, apuesto que ambos seremos despedidos de inmediato, terminaremos como vagabundos y nunca encontraremos trabajo de nuevo”.

Empuje a su pupilo a estar abierto a la imperfección. Haga que su pupilo deliberadamente cometa algunos pequeños errores y se niegue a arreglarlos. Por ejemplo, pídale que le envíe a usted un correo electrónico lleno con errores de ortografía, y a tolerar la ansiedad que esto podría crear.

Acepte que puede ser difícil ayudar a los perfeccionistas. Además, reconozca que usted es un mentor plenamente imperfecto.

Fuente: http://www.elfinancierocr.com

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